“Si quieren chiches vayan a la juguetería”

A los que dicen que Boca jugó como un equipo chico hay que recordarles que si quieren chiches vayan a la juguetería.

Boca y River empataron en cero en el Monumental. El partido, a diferencia de los que vimos en el último tiempo, fue trabado y aburrido. Una vez pitado el final, desde todos los rincones del estadio bajó el canto de “equipo chico”. Las crónicas dirán que Boca se metió atrás, y no que River, en su cancha, fue incapaz de crearle peligro. Porque la prensa, obviamente, también le cayó al planteo de Gustavo Alfaro.

En la vida, y en el fútbol es común que las personas sean rotuladas con las etiquetas que más las distingan. “Defensivo” u “ofensivo” son las categorías generalmente usadas por los ‘analistas’ para calificar a los entrenadores. No hace falta aclarar cual le recae a Alfaro. Algunos van más allá, y lo tildan directamente de “técnico de equipo chico”.

¿Pero qué es ser técnico de equipo chico? ¿Priorizar la solidez defensiva y la valla en cero es lo que aquellas personas toman como el dogma de los ‘equipos chicos’? Déjenme decirles que, con esos principios, hay varios a los que tan mal no les fue. Y podemos poner como ejemplo a los primos, que aplicaron esa receta en reiteradas ocasiones.

Machacaron que “Boca no jugó a nada”, que se preocupó más por anular a River y lo único que propuso en ofensiva fueron pelotazos a Hurtado. Si, pero analicemos el contexto. Por resultados, River es actualmente el mejor equipo del continente. Es más, justamente viene de coronarse ante nosotros, y fue lo que hicieron recordar desde las tribunas cada vez que pudieron. Un Boca golpeado debía necesariamente hacerse fuerte desde el principio fundamental, que es ser sólido defensivamente. En frente tuvo a un equipo agrandado, confiado, y sumamente aceitado, en tamaño escenario adverso.

“Boca nos tuvo el respeto que nos ganamos” declaró Gallardo, chicanero, en conferencia de prensa. Ese mismo respeto fue el que River tuvo cuando vino a La Bombonera en las semifinales de la Copa Sudamericana en 2014. El jogo bonito pregonado por el técnico millonario y tan elogiado por los periodistas, se dejó de lado para poner un doble cinco defensivo y cortar el partido continuamente con infracciones. Pero claro, en ese momento fue un “planteo inteligente”.

En aquel entonces, el equipo de Nuñez venía de una racha significativamente negativa en los clásicos por certámenes continentales. En el golpe por golpe, podía salir lastimado, teniendo que definir en su cancha con un resultado anímicamente irremontable. Por ello, no se quiso regalar. La seguridad para afrontar los partidos decisivos se trabajó afianzándose defensivamente y no desde el dominio de la pelota o el bombardeo en ataque. El resultado, luego de cinco años, ya es conocido por todos.

Gustavo Alfaro sabe que tendrá que encarar una nueva serie de Copa Libertadores, en instancias decisivas como lo son las semifinales, con un equipo que viene siendo lastimado por su clásico rival hace tiempo. En el primer partido de la trilogía, se buscó no perder y a partir de allí intentar reconstruir la confianza que se perdió. Lo primero que hay que abordar, para ello, es la cuestión emocional.

Hay que dejar de pensar que este Boca es el mismo que el del 2000-2008. No tiene la experiencia, ni el equipo. Todo eso se debe construir progresivamente. Para poder llegar a jugar con soltura en los grandes desafíos hay que asentar las bases fundamentales. Y estas no pasan por la posesión ni los lujos.

Los que busquen algo distinto, por ahora, tendrán que hacer como dijo Juan Carlos ‘toto’ Lorenzo -al que no le fue nada mal en Boca-, “si quieren chiches vayan a la juguetería”.

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